El estacazo final a True Blood

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Tras siete años de sangre y luces brillantes, de huir del sol y rodearnos de colmillos, True Blood se ha despedido para siempre. Nos deja con una mezcla muy amarga entre un comienzo prometedor y un declive en picado.

La primera vez que vimos a la pizpireta Sookie Stackhouse se removió algo en nuestros cerebros seriéfilos, pero a medida que descubríamos más cosas de esta telépata incomprendida nos íbamos enganchando. Alan Ball (‘A dos metros bajo tierra) nos traía una serie de vampiros y seres sobrenaturales, con un toque seductor sin censura y muchas aventuras nocturnas, que no solo daba la talla sino que además irradiaba ese deseo clandestino en todos nosotros por descubrir un poquito más de lo oculto.

Bon Temps, un pueblo pequeño de Luisiana con un apacible y tradicional estilo de vida, debe enfrentarse a la revelación de vampiros. La convivencia con ellos gracias a una sangre sintetizada se fundamentará en otros cientos y miles de prejuicios. Pero el deseo por lo desconocido, la empatía con lo diferente y la adrenalina del peligro, juntarán los destinos de Sookie y Bill, un vampiro de mirada penetrante y secretos profundos.

Mientras descubrimos los efectos de la sangre y exploramos íntimamente las relaciones entre humanos y seres de la noche, las tramas secundarias van cobrando fuerza hasta ser coprotagonistas. Eric, el vikingo reformado en chulo de un Pub nocturno, y su incondicional compañera Pam, lesbiana exuberante donde las haya, tratarán de unir esfuerzos por acabar con las amenazas a su especie. Asesinos en serie, yonkies de V o Reyes que se cambian de bando, nada podrá resistir los efectos de la pareja con más poder seductor del país.

Cambiaformas, diosas, brujas, hombres lobo, médiums y hadas, todos ellos forman parte de la compleja red de seres que van llegando a Bon Temps. En un abanico cada vez más amplio pero menos definido de criaturas sobrenaturales, la personalidad de cada uno se pierde en un torbellino de historias paralelas y leyendas, restando impacto por variedad sin definir, en un alborotado intento de otorgarle originalidad.

El sexo es un componente muy destacado en la serie, pues aporta ese toque carnal que hace falta a algo prohibido para hacerlo atractivo. Sin importar raza, sexo o condición humana, las explicitas escenas elevan la edad recomendada y la temperatura. Un sello firme que se filtra en escenas justificadas hasta convertirse en un entretenimiento llevadero más. Aquí podéis ver un ejemplo de la masificación que alcanza.

Pero no solo de monstruos va la cosa, y es que a veces el peor enemigo es el propio ser humano. Fundamentados por el miedo a la superfuerza y a los límites de los nuevos seres que van saliendo a la luz, nacen enemigos como la Iglesia de la Luz o los radicales anticolmillos. Además del odio radicalizado la serie también alberga otros temas polémicos de gran importancia hoy en día pero que parece ser que pierden fuerza frente al desgarro de gargantas: orientación sexual, política, discriminación racial, adicciones de todo tipo y problemas de estatus social.

True Blood no ha dejado títere con cabeza y ha conseguido romper barreras de un plumazo con el encanto y la fuerza de personajes inolvidables como Lafayette Reynolds. Muchos personajes secundarios han dejado huella en Bon Temps y en nuestro recuerdo: Sarah Newlin, El reverendo, Russell Edgington, Ginger, Nan Flanagan, Adele Hale Stackhouse, Terry Bellefleur, Roman Zimojic, Reina Sophie-Ann Godric, entre muchos otros.

No todo es felicidad y colmillos. Los grupos radicales y la Autoridad vampírica amenazan la supervivencia mutua en paz, y los intereses privados comienzan a aflorar a la superficie eliminando el toque de romanticismo por una desenfrenada combinación de malas decisiones. Las hadas dejan de brincar alegres por los campos y son masacradas, mientras aumenta peligrosamente el número de no-humanos en Bon Temps.  

La idea original se desliga de los libros y comienza a perder fuelle a un ritmo acelerado (coincidiendo “casualmente” con la salida de Alan Ball como showrunner). En un intento desesperado por retomar aquello que fue, los virus y los ninjas-cowboys (habéis leído bien) aparecen en la recta final de una serie que nos había seducido, años atrás.  Aunque los funestos esfuerzos por no perder audiencia se han traducido en desnudo gratuitos y decisiones sin ninguna luz de cordura, nos quedamos con los buenos momentos.

Subidones de V, paseos nocturnos con el camisón de la abuela, rendir culto a un toro, ver a Pam en modo zombie, presenciar una quema de brujas auténtica de siglos pasados, ver a Jason en plan comando con metralletas, oir los gruñidos de Alcide a nuestra espalda, ver a Eric borracho o ser perseguidos por una manada de lobos. Momentos divertidos, sensuales y traumáticos, una dulce combinación en el manjar de sabores muy diversos de True Blood.

Curiosamente según caía en picado el magnetismo de la ficción, la realidad se hacía fuerte: Sookie y Bill (Anna Paquin  y Stephen Moyer ) se casaban y ya tienen dos churumbeles sin alergias solares ni luces en las palmas de las manos.

Lo único cierto aquí es que True Blood ha cerrado el ataúd para siempre, dejándonos con un regusto amargo en la punta de nuestros colmillos.

Bye bye trubies.

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1 comentario

  • Enlace al Comentario Thalia Viernes, 20 Febrero 2015 14:24 publicado por Thalia

    Si todavía no se ha empezado a cruzar, se debe esperar subidos en la acera hasta el momento en que de nuevo la
    silueta del peatón estén verde de forma fija.
    (AIRD), M. Diez advirtió que muchas inversiones en la De la misma
    manera tampoco emplee IBUPROFENO MERCK 600 mg más tiempo del indicado por su médico.

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