Black Mirror, vuelve la ficción más real

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Regresa Black Mirror para dejarnos una papilla mental y muchas dudas sobre el límite del ser humano en cuanto a moralidad e imaginación tecnológica. Volvemos a la regla de las 3 historias sin conexión cuya única función es meterte de lleno en una historia ficticia que acojona por su realismo.

Esta vez no me ha pillado de nuevas, sabía lo que me esperaba. O al menos podía imaginarme algo similar a su primera temporada, que ya comentamos aquí tanto por su novedad como por el nudo mental que se me hizo en el cerebro tras su visionado. Pero nada, que no aprendo. Cuando a los ingleses les da por despojarse de sus escrúpulos, tirar de ciencia ficción, y poner a prueba la tecnología al servicio de la justicia poética, puede salir cualquier cosa y no hay forma posible de prepararse. De nuevo tres capítulos con argumentos, situaciones, personajes y realidades distintas y sin conexión. No buscan hacer gala de lo preparado que está el mundo y de cómo encaja esa aplicación o servicio en el conjunto global. Dejando aparcado la superficialidad de una imagen global, la serie vuelve a centrarse en una mirada intimista, cercana y personal de los acontecimientos. Y qué queréis que os diga, a mí me encanta que lo hagan así y que les salga tan rematadamente bien, como han demostrado en esta segunda temporada.

Encendamos nuestro software interno con el primer capítulo. El tema es la muerte y la capacidad del ser humano para asumirla y afrontarla. ¿Estamos preparados para aceptar el paso a mejor vida como algo natural? Obviamente no. Somos seres materiales y racionales, y por ambos motivos necesitamos aferrarnos a algo y darle una explicación que nos consuele con el final de su existencia. Pero cuando se trata de una pérdida humana no hay consuelo posible, nada te puede hacer sentir mejor ni te da una justificación lógica para que lo asimiles. Pero imaginémonos por un momento que no hace falta pasar por ello, que la muerte no representa el final de una relación social. Abramos nuestras mentes a la posibilidad de una unidad virtual que aprenda a ser esa persona, hablar, sentir, reaccionar como ella. ¿Acaso no la cogeríamos sin pensarlo dos veces? ¿Seríamos conscientes de la mentira que supone o formaría parte de la nueva forma de rehacer nuestras vidas? Una de las mejores reflexiones de la serie con su característico estilo a veces incómodo pero siempre sincero.

Para cuando nos hayamos recuperado de la primera impresión nuestro sistema interior ya estará a pleno rendimiento para afrontar el capítulo más salvaje de esta segunda temporada. Una mujer se despierta sin saber nada, ni quién es, ni dónde está. Una cruel e impasible sociedad permanece en la distancia mientras alguien comienza a perseguirla con una escopeta. Si el principio pinta bien el resto es una maravilla: una minoría al servicio de los perversos juegos de tortura que debe correr como animales para salvar la vida, mientras el resto de la población hacen de espectadores para documentarlo con sus móviles manteniendo una distancia segura. ¿Vale más el morbo que la vida humana? ¿Hasta qué punto se compensa y alimenta en televisión la depravación y la inmoralidad? ¿Si le diéramos la vuelta y ese poder mediático para la justicia de la calle, sería más justo? Reflexión sobre si el fin justifica los medios, a través de la visión de protagonista y espectador.

No os sobrecarguéis que todavía queda uno: el poder de usar una máscara ante la sociedad. Dejando a un lado a los superhéroes, el (casi imposible) anonimato público es un arma de doble filo. Por un lado te permite hablar sin tapujos en una sociedad donde ya nadie dice lo que piensa, sino solo aquello que beneficie a unos pocos. Por otro protege e inutiliza a partes iguales a la persona tras el antifaz. Sustituyamos ahora esa careta por una imagen en 2D en una pantalla, más concretamente por un oso azul. Una caricatura sin educación ni pelos en la lengua que ha calado en un mundo donde todo parece importarnos mucho pero seguimos prefiriendo el entretenimiento. De personaje a polémico entrevistador, para terminar dando el salto al mundo de la política. ¿Realmente es tan descabellado que nos represente un dibujo animado si éste es el único capaz de decir la verdad? ¿Hasta qué punto las modas nos guían y nos controlan? Nuevamente la tecnología abre la puerta al debate, en este caso electoral.

Y con esta triple ración de dilemas, aquí servidora desconecta. Crueldad, justicia y engaño a partes iguales, aderezado con la teconología a disposición de las infitinas inmoralidades del ser humano. Trataré de recuperar mi confianza en el buen uso del poder tecnológico de las personas, pero no prometo nada.

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