Westworld: ¿Otra vez Perdidos?

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¿Qué mejor forma de empezar el año que haciendo un maratón de una de las series más impactantes del 2016? Armado con los restos de la cena de Nochevieja, equipado con los abreojos de la Naranja Mecánica, ayudado por un bidón de colirio y engalanado con unos pañales ultra-absorbentes para no tener que levantarme en las aproximadamente diez horas que duraría el evento, me lancé a la tarea…

HBO, ciencia ficción, western, Anthony Hopkins, Ed Harris, presupuesto antológico… ¿Se puede pedir algo más? Mi consejero espiritual me ha recomendado introducir este tipo de preguntas para conseguir mayor atención y audiencia en mis posts, algo que necesito mucho cuando no escribo sobre Star Wars o El Señor de los Anillos. La idea es darle emoción al asunto, planteando alguna cuestión candente y retrasando lo máximo posible la respuesta para captar el interés del incauto lector. Contraviniendo su asesoramiento, responderé a la pregunta inmediatamente: sí, se puede. Incluso se debe pedir mucho más.

Antes de que nadie se me enfade, diré que la serie me ha enganchado y que la he disfrutado bastante, si bien es cierto que esto no es decir demasiado, ya que me he vuelto un devorador de esta forma de contar historias y soy lo que se cataloga técnicamente como un estómago agradecido para este tipo de formatos. La serie es un deleite para la vista, los efectos especiales son impresionantes y la historia que se esboza tiene mimbres de los buenos (sobre todo para los fans de Pinocho y otras inteligencias artificiales): En un futuro indeterminado, los seres humanos asisten a un particular parque de atracciones ambientado en el Salvaje Oeste y plagado de robots que desconocen su verdadera naturaleza. Viven sus vidas a lo Bill Murray en el día de la marmota, pero sin saber que son máquinas, atrapadas en un bucle que sólo cambia cuando los diseñadores del parque tienen a bien introducir una nueva narrativa.

La serie está basada en una película de Michael Crichton, Almas de metal, rodada en 1973. Salvo que tengáis mucha curiosidad, no os perdéis demasiado si no la veis. Como curiosidad, comentar que en la película hay tres parques diferentes (western, Roma y época medieval) y que las tramas son mucho más sencillas (lo que tiene su lógica, ya que dura poco más que uno de los episodios de la serie). Es cierto que Yul Brynner da mucho miedito y que la comparación con la serie tiene su gracia, pero no me parece un visionado obligatorio. Volvamos a Jurassic Park, digo a Westworld.

Las historias se van mezclando, en una narración lenta y confusa, repleta de saltos que siembran un alegre desconcierto en el espectador, ávido de ser engañado. Huéspedes, anfitriones y trabajadores del parque se reparten las aventuras. Las que más me gustan son las de William, un huésped que visita el parque por primera vez, la de Maeve, la anfitriona proxeneta, y la de Dolores, otra anfitriona muy especial. Los giros de guion no tardan en producirse y las tramas crecen y se entrelazan con un denominador común (empieza lo malo): vale todo. Esta premisa es la que nos retrotrae a Perdidos. Al igual que en la tristemente célebre isla del Pacífico, en el parque de Westworld todo puede suceder, lo que permite a los guionistas campar a sus anchas: tío, no puedes decir que te estoy timando porque vale todo…

Particularmente funesto me resulta el personaje de Anthony Hopkins, no por su interpretación, sino por su concepción: Robert Ford, uno de los artífices del parque, es una especie de demiurgo con poderes ilimitados, que permiten justificar todo lo que sucede en pantalla. El recurso funciona. No podemos denunciar a los guionistas por tramposos, pero la cosa irrita. Da igual lo inverosímil que sea lo que está pasando. Todo ha sido ideado por la maquiavélica mente del personaje que encarna Hopkins, así que nos tenemos que tragar el sapo. Afortunadamente, por lo menos para mí, todo acaba saltando por los aires con la última idea del retorcido ancianito. Habrá quién compre hasta la resolución del último plan genial del cocreador del parque. Me temo que con ellos no tengo ninguna esperanza de entendimiento.

Otro recurso de guion que me toca las narices son los misterios autoimpuestos. Una serie inteligente deja que sea el propio espectador el que los descubra, pero aquí, siguiendo una extensa tradición familiar, el misterio se expone de manera burda y se impone como gran búsqueda, por muy poco que interese al espectador. Encima la cosa se duplica: el laberinto (el menos interesante) y Arnold (reconozco que más efectivo). Ambos destilan una pestilencia a humo negro que echan para atrás (si bien es cierto que al menos habrá respuestas, por muy insatisfactorias que me resulten).

Y acabo con unas preguntas, para que mi consejero no se me moleste. ¿Qué pasa con los guionistas? ¿Sólo había espacio para frases grandilocuentes y diálogos pretenciosos? ¿No se dan cuenta que en diez horas de serie se sugiere y responde menos que en tres escenas de Blade Runner?  ¿No habrá que desarrollar  también a todos los personajes secundarios? ¿Pensaban que no nos íbamos a dar cuenta de que el creador de narrativas, Logan o la pareja de cirujanos robóticos están menos trabajados que los abdominales de Jabba? ¿Desayunarán lo mismo en las casas de los Nolan y los Abrams? ¿Aprenderán alguna vez a rebajar sus pretensiones? ¿Seguirán vendiéndonos humo del color que se les ocurra?

Y ya que he mencionado a la mítica Blade Runner, desde aquí quiero abrir un foro de unión y lucha contra esa imperdonable segunda parte que se nos viene encima, por mucho que pueda molar el resultado final. Es tremendo que esté auspiciada por el propio Ridley Scott, aunque el dinero y la edad hacen estragos en todo tipo de mentes. Hermanos, unámonos todos. Frenemos el estreno. Se rumorea que, utilizando mi odiado CGI, ya están trabajando en las secuelas de Casablanca, Con Faldas y a lo Loco, Con la Muerte en los Talones y Sor Citroen. Alguien tiene que pararlo…

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