El marciano

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MacGyver abandonado a su suerte en Marte... Así se puede sintetizar el argumento de la nueva novela de ciencia ficción, que amenaza con convertirse en la próxima película de Ridley Scott, protagonizada por Matt Damon, según se comenta. No está mal para una novela que dio sus primeros pasos cuando su autor decidió autopublicarla. Aunque soy un detractor acérrimo de las contraportadas de los libros, cuando una acierta, hay que reconocerlo.  Llegando a la mitad de "El Marciano", decidí correr el riesgo de echarle un vistazo.

Ediciones B (que ha tenido la gentileza de enviarnos la novela) no desvela ningún misterio de la trama, sólo unas cuantas críticas, en dos de las cuales se aludía al célebre manitas televisivo. Resumen perfecto de esta novela, que con un poquito más, tendría los mimbres para convertirse en un clásico, pero sin ese poquito más se nos queda en un sencillo está bien...

El principio es apabullante y no con armas de destrucción masiva precisamente: botánica ficción. No estoy de coña en ninguna de las dos cosas. El comienzo de la novela es espectacular y consigue mantenernos en vilo con un preciso ejercicio de como montar una huerta en espacios reducidos y con las condiciones más adversas que te puedas imaginar (y algunas más adversas todavía). Apelar a la eterna lucha entre el bien y el mal, a bestias espectaculares, agujeros de gusano o batallas épicas es una forma sencilla de atrapar al lector. Hacerlo contado las gotas de agua que necesita una patata para germinar en Marte es un mérito asombroso que habla muy bien del novato Andy Weir. El tono jocoso del protagonista también se agradece: Mark Watney sí que sabe tomarse las penalidades con humor, aunque quedan muchas páginas (y algo me suena...).

La novela es un ejemplo perfecto de lo que se conoce cono ciencia ficción hard. Para los legos en la materia, una pequeña explicación. Los demás os podéis saltar el párrafo. Los frikis de la ciencia ficción nos dividimos en dos grupos, soft y hard, con una rivalidad similar a la existente entre el Madrid y el Barça. La primera suele ser más especulativa, sin preocuparse demasiado por los aspectos científicos (y en general cuidando mejor los literarios), que resultan clave para los escritores de la hard. Los puretas de ésta opinan que la soft en realidad es fantasía (léase con el máximo desprecio posible, por favor), no ciencia ficción de verdad. Para que os hagáis una idea con un símil cinematográfico, 2001, Una odisea en el espacio sería el paradigma del género hard y Alien, el octavo pasajero podría circunscribirse como ejemplo de la soft (me veía tentado de usar Star Wars, pero he de reconocer que esta es fantasía claramente (mierda, ¡soy un pureta!)).


Pero volvamos a Marte y al asombroso despliegue de detalles científicos que efectúa Weir. Me cuesta recordar alguna novela que los cuide mejor. Me tengo que remontar al legendario Arthur C. Clarke para planteármelo (aunque soy más de la soft, así que seguro que se me escapa alguna novela). Y, al contrario de lo que sucede en otras novelas hard, éstos no ralentizan el desarrollo de la historia. En realidad, aquí son la Historia. Es una pena que Weir no haya cuidado tanto otros detalles, fundamentales para una novela.

Y aquí empieza lo malo. Hacia la mitad de la historia, uno empieza a tener la certidumbre que no va a haber nada nuevo. No me refiero a situaciones peligrosas o incluso desesperadas, sino a la desapasionada y repetitiva forma de resolverlas. Lo que había sido todo un hallazgo cuando nos hablaban de los tubérculos marcianos y en los capítulos siguientes, se convierte en un reiterado baile de cifras, que poco a poco pierden interés, incluso cuando nos hallamos ante situaciones límite, con esas gotitas de humor que al principio nos hicieron gracia, pero que empiezan a irritar (¿Qué pasa, Mark, no sientes miedo, soledad, desesperación, angustia, melancolía, frustración...?  Que llevas unos cuantos soles en Marte). Y lo escribo con rabia, ya que Andy Weir alumbra algunos momentos estupendos, que se diluyen en la profusión de cálculos para resolverlos.

Y así llego a lo peor de la novela, los personajes. El autor apenas los desarrolla. Y no hablo sólo de los secundarios (todos menos nuestro risueño Mark). El protagonista mantiene exactamente el mismo tono en toda la novela. Con su personal humor, perlado de algunos detalles que harán las delicias del mundo friki setentero, asume todos los avatares que le reserva la ingeniería marciana con singular buen rollo. Desgraciadamente, el prota no evoluciona y, con el paso de las páginas, descubro lo que me sonaba: bien podría estar leyendo una novela de John Scalzi, uno de los renovadores del género, del que escribiré más profusamente en próximos posts y que, salvo en la estupenda Las Brigadas Fantasma, reproduce el error de confundir diversión con ausencia de profundidad. Exactamente lo que le sucede a Andy Weir, cuando nos cuenta el largo tránsito marciano de su protagonista sin que apenas veamos que sienta algo.Si Andy Weir hubiese dedicado una cuarta parte del talento literario que desarrolla en sus aventuras ingeniero-científicas al desarrollo de sus personajes, la novela sería magnífica. Pero el tono desenfadado del protagonista acaba por quitarle épica e intriga a todo lo que le sucede. Una pena porque la novela se deja leer, pero con un poquito más podría haber sido realmente buena. Algo más de misterio en la historia, algo más de introspección del protagonista, un mínimo de desarrollo de los secundarios y un poco de respiro científico y la novela habría sido tremenda.

Pero no quiero acabar la crítica mal, porque la novela me ha dejado buen sabor de boca. Se devora y la idea es estupenda. Puede que Weir tenga que mejorar sus personajes, pero no me cabe duda de que en la NASA le tendrán en cuenta como asesor si alguna vez envía una misión tripulada a Marte. Y la historia puede dar un peliculón, si a Ridley Scott le da por recordar lo buen director que ha sido. Y esto apesta a Nebula o a Hugo (o a ambos).

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Erio!