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Rebobine, por favor

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Hace un par de semanas pase por delante del único videoclub que quedaba en mi barrio y que estaba abierto desde que los árabes invadieron la península allá por el siglo octavo (lo menos). Y mi corazón se congeló al saber que el próximo día 30 echara el cierre para siempre. Durante unos minutos agónicos mi mundo se paró y fui incapaz de entender como el mundo había podido llegar hasta ese punto. El apocalipsis se acercaba de eso no había duda, y el resto de esa tarde me deje arrastrar por la nostalgia.

Los minutos se convirtieron en horas y entonces conseguí sacar un pensamiento hacia la luz ¡¡HACE MAS DE 8 AÑOS QUE NO PONIA UN PIE EN ESE VIDEOCLUB!! Y la peor parte es que la última vez que lo hice fue para hacer unas miserables fotocopias, UNAS FOTOCOPIAS. Después de reírme de mi mismo durante sus buenos diez minutos me di cuenta que la culpa de lo que había pasado no era mía, sino de la nostalgia.

La nostalgia, esa perra traicionera. Como buen amante del cine, la literatura y los videojuegos aprecio lo que vino antes de mí y aquellas personas que hicieron sus respectivos medios lo que es hoy en día. De estos tres, sin lugar a dudas el más cambiante es el de los videojuegos, no en vano se encuentra inmerso en la adolescencia y lo único que quiere es experimentar, y aun no  sabemos muy bien hacia donde nos va a llevar o que quiere ser cuando sea mayor. Sin embargo es el más apegado al pasado. La nostalgia es la forma de vida de una gran parte del sector. Solo hay que echar un vistazo a la floreciente escena indie o a las propuestas más exitosas en Kickstarter para ver que la mayoría apuestan por unas mecánicas y un estilo visual de hace veinte años.

Cualquier tiempo pasado fue mejor, y que tire la primera piedra aquel que no ha dicho esto o ni tan siquiera lo haya pensado. No podemos evitar mirar hacia atrás con cariño, el tiempo hace que olvidemos lo malo y nos quedemos solo con aquello que queremos. Cuando oigo este tipo de cosas no puedo evitar imaginarme a unos abuelos jugando al domino en el bar, mientras se quejan porque el mundo de hoy en dia no es como el de antes.

Y precisamente de esto trata “Rebobine, por favor”. Es un canto a la nostalgia y que en cada uno de sus planos nos dice “Cualquier tiempo pasado fue mejor”. Todo ocurre alrededor de un videoclub basado en una idea atrasada que se empeña en seguir con el VHS cuando el DVD ya es el pan nuestro de cada día, y con unos personajes a los que el mundo escupió hace tiempo a un lado como un chicle gastado.

Y por encima de todo lo demás es el mayor homenaje al cine que haya podido ver. Por encima de la nostalgia al pasado está el amor al cine, el cine de ayer, de hoy, de mañana. Una película que nos recuerda como mirar el cine, nos obliga a mirarlo como cuando éramos niños y todo era mágico, un cine que tan solo nos pide que dejemos de intentar averiguar cómo se realiza el truco de magia y simplemente disfrutemos del espectáculo.

Rebobine, por favor no es solo una carta de amor al cine, es también una invitación a crear y olvidar las limitaciones o imposiciones y dejarte llevar. En especial en un maravilloso plano secuencia que encapsula ese placer por crear y que te deja con ganas de más. Lejos de llevarnos por el lado amargo de la nostalgia, se pone al servicio del placer y simplemente da las gracias a todos esos locos que lo hacen posible.

Junto con el mencionado plano secuencia, la película tiene grandes momentos de puro cine y me ha regalado algunos de los momentos más bellos como espectador y yo, por ello, seguiré a Jerry y Mike hasta el fin del mundo.

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Erio!

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