Soy un director de cine en paro

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Soy un director de cine en paro. En paro porque estoy inscrito en el inem, no porque no tenga trabajo. En realidad el trabajo me sobra. Nunca he parado de trabajar. Cobrar ya es otra cosa. Soy un trabajador gratuito y muy pobre. Pero estoy feliz haciendo lo que hago. Y hambriento, también estoy hambriento.

Todo empezó un día que mis padres me preguntaron “¿qué quieres ser de mayor?”, a lo que yo respondí “director de cine”. Normalmente los niños responden “futbolista”, “astronauta”, “bombero”, “futbolista y astronauta”, “chatarrero como mi papá” y ese tipo de oficios. Y muchos, los más extravagantes como astronauta o futbolista, son sueños que se abandonan. Pero yo no lo abandoné, y así me ha ido. No me quejo, me encanta mi trabajo. Soy un contador de historias con imágenes, no creo que exista nada más bonito. Pero he de admitir que me gustaría cobrar dinero, que es muy bonito eso de hacer lo que te gusta pero estaría bien poder comer, pagar el alquiler, encender la luz en casa y no colarse en el metro.

 

Y bueno, en el metro si dices que necesitas para comer hay gente que te da alguna monedilla, pero nadie te da una limosna si dices que necesitas hacer una película. Te comentan que eso se hace por crowdfunding, pero para ello necesito internet y me lo quitaron por no poder pagarlo. Porque ese es mi propósito, hacer una película. Con el cine se gana dinero –no mucho, tampoco os quiero mentir- pero se gana. O al menos se come, porque te invitan a muchas fiestas y hay catering con chuminadas muy pequeñitas, pero eso se soluciona comiéndote como quinientos bocaditos. 

Todo este tema me ha hecho pensar. ¿Por qué quiero hacer cine? ¿Por qué no lo dejo y me hago sexador de pollos? Medio obtuve la respuesta el otro día, que me encontré con un compañero de universidad y tras pensarme si saludarle al cruzarnos decidí bajar la cabeza mirando el reloj para disimular. Él no hizo lo mismo, sino que me saludó y encima se paró en medio de la calle invitándome a hablar. Resulta que el fulano ha conseguido un importante contrato como guionista de un programa de una cadena que vuelve tonta a la gente –y que rima con “te la hinco”-  y gana una millonada.

Come tres veces al día y la tercera no es un triste yogurt de los que no son de sabores. He de admitir que me dio envidia. El caso es que el trabajo de esos guionistas consiste en estar allí sin hacer mucho, escribiendo cosas que en realidad nadie lee porque luego el programa se convierte en un caos y todo el mundo se pone a gritar improvisando insultos. Lo interesante es que me lo estuvo contando con recochineo, lo cual ya no molaba tanto. Y luego llegó la gran pregunta “¿te gusta?” a lo cual me respondió con media sonrisa y me dijo “gano un pastizal, ¿te crees que me importa algo lo que me guste?”. 

En ese momento me dio penita. Porque el tío no tenía talento ninguno. Y tampoco era simpático. Pero esa cadena… ese trabajo… y encima plantearte quedarte allí para siempre porque tienes mucho dinero en tu cuenta corriente... no. Eso es algo que no le deseo a nadie. Creo que tengo una suerte inmensa al luchar por mis sueños con este impulso.

Tengo el mejor trabajo del mundo. Al menos a mi me lo parece. En realidad también hago otras cosas. He trabajado como camarero, he repartido periódicos y me he colgado un cartel amarillo muy grande para andar por la calle. He vendido productos en tiendas de grandes multinacionales y he andado kilómetros llamando puerta por puerta para que la gente contratase los servicios de luz y gas que estaba promocionando. He hecho muchas cosas por sobrevivir, pero esto… esto no es lo mismo. No soy camarero ni hombre anuncio. Soy cineasta. No me da para vivir, pero me da una felicidad que poca gente tiene. Y eso no lo cambiaría ni por toda la comida del mundo.

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