Cabañas en el bosque (5): Viernes 13 (1980)

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Llegamos al ecuador de nuestra lista con una de las películas más importantes de la historia del género de terror... ¡Viernes 13!

Desde que tengo uso de razón, me gusta el cine de terror. Bueno, generalizando, me gustaba el cine, así a secas. Pero el de terror tenía algo. Yo era un niño muy miedoso -aunque lo sigo siendo- y sentía fascinación por esas historias que, de antemano, sabía que eran mentira. Podía resguardarme en la seguridad del viejo tresillo de mi casa y dejar que mi cara se iluminara por la TV, escupiendo imágenes atroces de asesinos en serie urbanitas o camperos, serpientes monstruosas que acechaban rascacielos, hermanos mellizos deformes separados al nacer o gente que moría pero no del todo y acababan acosando a un grupo de gente en una casa aislada. Sí, en mi casa eran permisivos con las películas de terror cuando llegué a la adolescencia... A los doce o trece años. A pesar de mis miedos nocturnos, seguía empeñado en seguir viéndolas.

Una de esas películas me llamaba especialmente la atención soberanamente. Cada vez que veía el cartel, la imaginación se me desbordaba y sentía un cosquilleo similar al que notaba cuando veía a la chica guapa de la clase: una máscara de hockey atravesada por un puñal en el hueco del ojo, y sangre derramada bajo ella. Era el cartel de la cuarta parte de una de las sagas más importantes de la historia del cine, la de Viernes 13.

Estamos hablando de un icono, de un personaje, Jason, que incluso el no aficionado reconoce. Recuerdo arremolinarme junto a mis compañeros de recreo, en el patio, en el colegio, y contar las películas que veíamos la noche anterior. Nadie había podido ver ninguna de Viernes 13: Contaban que era terrorífica, muy sangrienta, más de lo que podríamos llegar a imaginar y solo La Matanza de Texas podría superar -película prohibidísima en mi casa y en mi cabeza... Creo que es de las pocas de terror que solo he podido ya ver con una cierta edad, al igual que Holocausto Caníbal-. Y llegó el día en que, por fin pude (pudimos) verla. En TVE, un viernes 13, tuvieron a bien programar, exacto, Viernes 13. Y yo ya tenía una edad -repito, 12 o 13 años- para poder verla como todo un hombre. Verla como un hombre significaba varias cosas. Primero, apropiarme de mantas. Segundo, apropiarme de un orinal para no tener que atravesar el pasillo y cagarme en los pantalones del miedo. Y tercero, dejar alguna luz encendida. Comenzó al película y el resto es historia.

Al día siguiente, exultante, comentaba con mis compañeros de patio las mejores jugadas. “A uno le agarran de la frente y le atraviesan desde atrás con una flecha” “A una le clavan un hacha en la cabeza” “A otra le rajan la garganta y sale un chorro de sangre que parece que es de verdad, te cagas”. Todos asistíamos a esas imágenes fascinados, sabiendo que algo de prohibido, para nuestra edad, tenían. Eso sí, recuerdo decepcionarme un poco el hecho de no ver a nadie con una máscara de hockey.

Es más, ni siquiera era Jason el que mataba a la gente, sino su madre, en una especie de Psicosis al revés. Resulta que los monitores, por culpa de sus hormonas y del estar todo el día retozando en el bosque, en el lago, en las granjas, en el pajar, se habían despistado y un niño se había ahogado. Jason Voorhes. Su madre, vengativa como todas las madres, se había decidido a tomar la justicia por su mano y dar buena cuenta de los monitores que siguieron a la tragedia. Era un niño, era joven, yo había visto un cartel con una temible máscara de hockey y no lo vi. Me habían engañado las expectativas y los sentidos.

Aún así, había asistido a una experiencia única: la banda sonora se me quedó pegada al oído y atravesaba las sabanas por mas que me cubriese la cabeza con ellas; Crystal Lake se hizo un hueco en mi lista de lugares prohibidos y malsanos a los que nunca tendría que ir; la mezcla de la sangre y las tetas sentó un precedente en mis aficiones cinematográficas..

Viernes 13 es una de las películas que más me han calado de toda mi vida. Por el momento, la situación, mi juventud. Eran otros tiempos más ingenuos, más inocentes. Solo había un canal y mil maneras de eludiar la figura paterna y levantarse en mitad de la noche y encender la tele muy bajito y poder ver alguna de las películas de terror que emitiían. Cada vez que vuelvo a Viernes 13, me disfrazo de niño, me atrinchero con mantas aunque ya el orinal no lo traigo, ya me atrevo a ir solo al baño.

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Erio!

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