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T2: Trainspotting... ¿Era necesaria...?

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“Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver tele-concursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida... ¿pero por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida: yo elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?”.

Así empezaba Trainspotting al ritmo del Lust for live de Iggy Pop mientras Renton y sus colegas corrían por Prince Street después de un pequeño hurto en John Menzies. Confieso que me quedé pegado en la butaca del cine. Y así hasta el final. Recuerdo la sensación de asombro al salir a la calle. Pocas veces una película me ha impactado tanto. Había razones sentimentales. Siempre he estado enamorado de Edimburgo y en esa tienda compré unos cuantos de mis primeros videojuegos para el Spectrum. Pero había muchas otras razones para alucinar. El ritmo, los personajes, la historia, el mensaje, la banda sonora… Una película memorable.

Hace un par de posts inicié una cruzada en contra de la imperdonable y herética secuela de Blade Runner, anunciada para el próximo otoño. Otra película memorable (aún más) con una historia redonda, perfectamente concluida (sobre todo en la versión del director, por una vez no un puro sacapastas). ¿Qué necesidad hay de volver a esta historia? Sólo una: los dólares/euros que se van a embolsar sus perpetradores. Me dan ganas de vomitar al leer que Harrison Ford ha dicho que es el mejor guion que ha leído en su vida. Aunque sea cierto. Espero que los admiradores de este tipo de secuelas reclamen la resurrección de Claude Rains y Humphrey Bogart mediante el tenebroso CGI para que todos sepamos qué fue de esa hermosa amistad iniciada en aquel nebuloso aeropuerto y que, incomprensiblemente, la Warner Bros se ha negado a continuar durante los últimos 75 años…

Fiel a la incoherencia, mi luz y mi guía, estaba deseando que llegara desde hace mucho tiempo la secuela de las aventuras de los yonkies edimburgueses. Aunque existe un importante atenuante para mi caprichoso modo de selección de continuaciones de películas. Cuando salí del cine hace veinte años, atónito ante lo que había visto, no sabía que el verdadero impacto estaba por llegar. Trainspotting me parece una película asombrosa, pero no estaba preparado para lo que me esperaba cuando me enfrenté a su verdadero creador. No os hablo de Danny Boyle, al que pocas más veces he cogido el punto. Me refiero a Irvine Welsh el escritor de la novela en la que se basa la película.

Me faltan palabras para describirlo. Por resumir, es un puto genio. La película es un buen homenaje, pero la novela va mucho más allá. Welsh escribe a puñetazos. Es un maestro de la empatía. Consigue que te identifiques con todos sus personajes, por muy abyectos que sean. Y creedme que lo son. No es fácil encontrar concesiones en la prosa del escritor escocés. En la película, Boyle nos ahorra algunos detalles escabrosos que nos harían muy difícil simpatizar con Mark Renton, Sick Boy o Franco Begbie. Pero el libro no tiene ninguna piedad (ni con ellos ni con el lector). Y sin embargo, te asombras descubriendo que te caen bien, justificando, entendiendo e incluso aplaudiendo sus miserables cabronadas. Solo esa novela justificaría lo dicho al principio del párrafo, pero la cosa no termina ahí.

A lo largo de estos años, Irvine Welsh no ha parado de profundizar y crear en su particular universo. Los personajes saltan de una novela a otra, a veces haciendo sólo un simple cameo, otras volviéndose los únicos protagonistas. El escritor escocés utiliza a menudo la primera persona y le bastan un par de frases para que el lector descubra qué personaje está narrando la escena. Son novelas duras y sórdidas. Y tremendamente divertidas. Su jerga es un hallazgo (y conviene aplaudir las estupendas traducciones que se han hecho de la misma) y sus diálogos son mordaces, hilarantes y explosivos. Las páginas de Welsh también encierran una espeluznante clarividencia y una ternura inesperada… Un puto genio, como os he dicho. De sus once novelas, cinco podrían considerarse obras maestras, algunas por encima de la causante de este post. Y las otras no desmerecen demasiado, salvo la última, The Blade Artist, en la que recupera a Franco Begbie en un inesperado gatillazo (de la penúltima no puedo opinar, porque avergonzado reconozco que no me he atrevido con el slang de Juice Terry en A Decent Ride…).

Y después de esta muy necesaria digresión, regreso a mi supuesta incoherencia al estar deseando la continuación de Trainspotting. ¿Dónde está mi vara de medir? ¿Por qué no la veo como una sacapastas como me pasa con Blade Runner 2? Porque llevo veinte años leyendo novelas en las que, como he escrito, esporádicamente reaparecen Spud, Sick Boy, Franco o Renton.

Trainspotting 2 se basa muy libremente en Porno, la secuela de Trainspotting publicada hace quince años.

¿Y mi veredicto? Pues me ha gustado mucho. Me parece peor que la primera y muy inferior a las novelas, pero sigue siendo una gran película con algunos momentos memorables como el encuentro en el baño o el de 1690. Está repleta de guiños y homenajes a los libros y a la original, algunos evidentes y otros sutilmente brutales como el que inicia la película (lo siento, pero es un pequeño spoiler, así que si no quieres leerlo, sáltate lo que queda de párrafo): la casi imperceptible analogía entre el semiinfarto producido por el exceso de gimnasio y la sobredosis de Trainspotting, ambos enlazados por el mítico Perfect Day de Lou Reed.

En fin, he de decir que estoy deseando verla otra vez, porque estoy seguro que muchos detalles se me escaparon en el primer visionado y porque es una película divertida, con ritmo, con grandes momentos, profunda, políticamente incorrecta y que recupera a esos cuatro personajes que el cabrón de Irvine Welsh ha conseguido que formen parte de mí. Se agradece mucho el cameo del escritor como Mickey Forrester y, aunque lo entiendo, es una pena que hayan optado por la prostitución en lugar de por el porno, como en la novela, robándonos así la oportunidad de ver en el cine al incomparable Juice Terry Lawson.

Vean la película y cuando salgan, vayan a una librería y compren Cola, una de las mejores novelas del siglo XXI (ahí queda eso).

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