Rogue One: Una escoria de Star Wars

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Recientemente he tenido la suerte de acudir a un simposio sobre la innatez (o innatitud) del espíritu hater. Los mayores expertos de Europa debatieron durante horas sobre el transcendental concepto de si un hater nace o se hace. No llegaron a ninguna conclusión definitiva, y postergaron la decisión final para el congreso que habrá de celebrarse en enero de 2018 en Tallahassee.

Salí mitad esperanzado y mitad atribulado, ya que los partidarios de que un hater se puede construir y modelar con entrenamiento y dedicación, tuvieron las ponencias más brillantes y acertadas. A pesar de algunos momentos en los que sin duda se me podía considerar uno de ellos, en el pasado tuve muchos otros en los que me pasaba justamente lo contrario. Pero el simposio había dejado abierta la esperanza para mí. Todavía podía convertirme en un odiador profesional. La clave para conseguirlo era tener una meta bien definida y un concepto clave al que atenerme.

El estreno de Rogue One me proporcionaba la ocasión perfecta para probarme. Con el título de esta crítica decidido desde hacía semanas, como idea clave, y armado de prejuicios y talante antifriki como herramientas para llegar a la meta, acudí el jueves a la sala 9 de mi cine favorito.

El principio me hizo concebir grandes esperanzas (intentaré obviar los spoilers, pero puede que se me escape alguno, así que recomiendo no continuar leyendo a partir de aquí, si quieren ustedes llegar vírgenes al visionado de la película). Un murmullo de decepción se expandió por la sala un segundo después de la extinción del para algunos mítico “Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana”: ¿Dónde estaban las estrellas? ¿Qué había pasado con la música? ¿Quién se había llevado las letras amarillas? La estela de una nave con un planeta insulso al fondo tomaba su lugar para mi deleite.

La primera escena de la película hizo que una sonrisa asomase en mi cínico semblante: los protagonistas de la misma, una atribulada familia (¡otra vez!), entraban en la categoría de subnormales profundos. Estelar la madre en todas sus decisiones. No se podía hacer más el paquete. Ni yo podría haberlo escrito mejor. Ser un hater con Rogue One iba a estar chupado.

Después, una rápida sucesión de escenas inconexas, aparentemente diseñadas para lucir efectos especiales, lastraban el errático ritmo inicial del filme. Todo iba sobre ruedas. Aunque la sombra de una inquietud empezaba a perturbar mi aparentemente tranquilo talante destructivo.

El resto de la película estaba sembrado de perlas para un hater: la pareja de asiáticos sodomitas recordaban a Frodo y Sam en sus momentos más penosos, el doblaje de Whitaker estaba a la altura de su patético nombre, teníamos un droide gracioso (¡viva la originalidad!), el CGI hacía que todos nos removiésemos incómodos en nuestras butacas cada vez que el gobernador Tarkin lucía su tenebrosa presencia (¿o habrán usado realmente el cadáver de Peter Cushing para grabarla?), Darth Vader resultaba vivir en Mordor, con vistas privilegiadas al Monte del Destino (una oportunidad perdida no encontrárnoslo forjando el anillo único), los soldados imperiales ya morían hasta a escobazos y por primera vez en la historia de Star Wars el enésimo planazo de los rebeldes para sabotear/destruir/atacar las instalaciones imperiales de turno tenía un final a la altura del intelecto de sus perpetradores.

Estaba tirado. Odiar Rogue One era cosa de niños… Si no fuera porque Jyn y Galen Erso consiguen que sus personajes brillen por encima de los clichés con que fueron imaginados. O porque ver el lado oscuro de la Rebelión mola. O porque K-2SO tiene gracia de verdad. O porque Chirrut Îmwe compone un pseudo jedi cojonudo. O por la impresionante primera prueba de la Estrella de la Muerte. O porque al fin tenemos respuesta para el fallo en el arma defintiva. O por el estupendo enlace con el Episodio IV, más allá del último y grimoso CGI (con el momentazo Vader incluido). O porque, qué cojones, Disney ha vuelto a respetar, cuidar y mimar el filón que le cayó en las manos cuando compró la franquicia galáctica. Ojalá sigan por este camino muchos años. Mi única crítica de verdad es que tendría que haber empezado con la presentación de toda la vida después de las letras azulitas. Olvidad el resto.

Lo siento, he fracasado: ¡no soy un hater! ¡no es una escoria! ¡ROGUE ONE PELICULÓN!

A ver si mi querido Christopher Nolan estrena pronto…

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3 comentarios

  • Enlace al Comentario Darth Vader Jueves, 02 Febrero 2017 11:49 publicado por Darth Vader

    toda la razón, el CGI canta y el doblaje de Whitaker...eso te pasa por verla doblada, eso no es un hater de verdad! :XD

    Gran artículo, me he reído pero bien.

  • Enlace al Comentario Domingo Montoya Lunes, 19 Diciembre 2016 21:32 publicado por Domingo Montoya

    Cobarde total! El Carradina de la ONCE me mola un huevo (en el guión original era un viejo lord inglés que se cargaba a las tropas de asalto imperiales con la cucharilla del té y el palillo de oreja, una pena el cambio...).

  • Enlace al Comentario ToKoTo Lunes, 19 Diciembre 2016 14:59 publicado por ToKoTo

    Cobarde. Si hubieras dicho que el personaje de Whitaker y el chino "pequeño saltamontes ciego" sobraban te hubieras encumbrado en el haterismo

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