Vaya semanita

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Esta semana he ejercido los poderes malignos que se otorgan a todo profesor del planeta, mandando deberes a todos mis alumnos. Sé que no supone una afirmación extraordinario, ni siquiera sorprendente, y, por tanto, es una extraña manera de empezar a escribir un post para Frikimalismo.

Lo curioso del asunto es que he mandado los mismos deberes a todos, independientemente del nivel o de la asignatura: tienen que reservar cuarenta y cinco minutos del fin de semana (sí, soy un profe cabrón) para sentarse en su habitación, desconectar el móvil, pedir a sus padres que nadie les moleste en ese tiempo y dedicarse a escuchar sin interrupción e íntegramente  el Ziggy Stardust de David Bowie, con los mejores medios de que dispongan.

No sé si me van a hacer caso (no acostumbran), pero me he puesto todo lo serio que he podido al ejecutar el mandato docente.

Descubrí a David Bowie de manera bastante tardía. En mi temprana adolescencia, me hice fan de Mark Knopfler y, por extensión, de cualquier expresión rocanrolera en que las guitarras tuviesen el protagonismo total. El primer recuerdo artístico que realmente me caló de David Bowie fue viéndole en Dentro del laberinto. Por supuesto que le conocía de antes, pero no me había dejado huella. Más allá de hacerme fan absoluto de la película, su visionado tuvo un efecto pernicioso hacia mi percepción de Bowie como músico: la banda sonora no me entusiasmo demasiado (le faltaban guitarras a punta pala).

Cuando, rondando los 27, un muy buen amigo me regaló el Ziggy Stardust, decidí darle una oportunidad al músico de los ojos bicoloreados. Al terminar de escucharlo me pregunté que había hecho el resto de mi vida. La sensación de asombro y alegría me remontaba a mi mencionada pubertad, cuando tenía una mucha mayor capacidad para maravillarme. Evidentemente, ya había escuchado gran parte de las canciones y algunas figuraban entre mis predilectas, pero en mi inopinada ignorancia musical no sabía que eran de Bowie y, más importante, nunca las había escuchado en el orden en que fueron concebidas.

Después caí en el Hunky dory y luego en el Man who sold the world, otras dos obras maestras, y me hice fan definitivo. Todavía me río con mis colegas cuando recordamos una conversación en que el amigo que me introdujo en la obra de Bowie le definió como el Mozart del siglo XX. Una exageración, sin duda, pero la subscribo…

Andaba yo con leve cargo de conciencia por los deberes mandados (además les había puesto algunos ejercicios de matemáticas y física), cuando llegó el segundo mazazo: Alan Rickman también nos dejaba. Afortunadamente, a él si lo conocían, por lo que no tuve que aumentar la tarea. Su participación en la insulsa saga de Harry Potter me salvó de convertirme en el profesor más odiado del fin de semana…

Mi primer recuerdo de Alan Rickman es viendo La Jungla de Cristal. ¡Qué maravilla de malo! Su papel como Sheriff de Nottingham en Robin Hood, Príncipe de los Ladrones me hizo idolatrarle para los restos (desde entonces me cuesta tomar en serio a ningún malo que no amenaza con sacar el corazón del bueno con una cuchara.  Aunque confieso que este no fue el principal problema que tuve con Kylo Ren… si bien es cierto que después de volver a ver El Despertar de la Fuerza otras dos veces me empieza a gustar este malo cenutrio e irascible). Y su cara cuando degusta la sopa de insectos en Héroes fuera de órbita y dice que es igualita que la que le preparaba su abuela debería quedar para los anales de la historia del cine. Lo siento, pero no comparto el entusiasmo hacia su papel en Harry Potter, pero no es por su culpa. Mi abogado me aconseja no hacer público mi odio supremo hacia la sobrevaloradísima saga del niño mago, tanto en su versión cinematográfica como en la literaria. Y esta vez le voy a hacer caso. No es por no herir sensibilidades, pero el obituario de estos dos grandes de mi vida no me parece el mejor lugar para ponerme a echar bilis.

Gracias a los dos por los maravillosos momentos que me habéis brindado (y por los que están por venir… llevo toda la semana escuchando los deberes que he mandado, para que luego digan que los profesores no nos merecemos las escasas vacaciones que tenemos).

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Erio!

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